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En cuanto sus ojos posaron sobre aquella figura, su corazón se conmovió hasta las lágrimas. Fue amor a primera vista —un amor puro, correspondido, destinado—.
Ella tenía el cabello plateado, como las nubes invernales que comenzaban a disiparse al alba, y sus ojos eran de un profundo amatista, semejantes a las flores del jacarandá que anunciaba el equinoccio y, con ello, el despertar de la primavera.
Ella era su amada flor morada. Pero él era eterno y ella, tan solo mortal; el tiempo, implacable, terminó por marchitarla.
Y el inmortal, quebrado por el dolor de la pérdida, le entregó un pétalo nacido de su propia sangre eterna, para reconocerla cuando volviera a florecer en otra vida.
La Doncella de Plata.
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