
Nunca fui buena sosteniendo el contacto.
Soy el tipo de persona que puede aparecer un día y comenzar a hablarte, pero desaparecer por un mes y volver, como si el tiempo perdido no hubiera ocurrido.
Es irónico leer a una versión de mí que sostenía su inocencia y, en su ignorancia, deseaba ser popular. Ahora me doy cuenta que nunca lo deseé. Solo se trataba de presión silenciosa por encajar en los estándares que mis padres me impusieron, en aquello que se suponía que debía querer.
Volviendo a dar una mirada al pasado —a partir de un sentimiento muerto, plasmado en las hojas de un diario—, me doy cuenta de que la melancolía me envolvía de manera natural.
Probablemente, desde que dio inicio mi vida social, mi vida escolar. Realmente, estaba perdida y lo único que anhelaba era ser invisible.
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