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Al principio, no se llevaron bien. Su abuelo siempre fue del tipo despreocupado y aventurero, mientras que ella fue abandonada a su suerte bajo su custodia. Pero, con el pasar del tiempo, ambos convirtieron la desmantelada casa en el campo, en un lugar al que llamarían su hogar.
Le aburría el mundo real y prefería ignorarlo. En la escuela le iba bien, tenía buenas notas, aprendía rápido, pero a sus tutores les preocupada lo reservada que era para su edad.
—Es una niña callada, apenas sonríe y no parece haber hecho amigos. Solo juega con los otros cuando alguien le habla, pero no comienza ninguna conversación. Hasta me atrevería a decir que su nieta tal vez padezca de autismo.
Todavía recordaba la carcajada del hombre, la calidez de su caricia y el cariño en su mirada cuando la defendió. Podía recordar su voz ronca cuando inventaba historias antes de dormir, el olor del pasto impregnado en su piel cuando la abrazaba o la acompañaba hasta que cayera dormida, el sonido de sus pesados pasos cuando volvía con una gran cosecha y su gran sonrisa en su lecho de muerte.
Su abuelo era un hombre despreocupado y aventurero, parecía no tenerle miedo a nada pero, por primera vez, demostró debilidad y lloró e sus brazos cuando que ya no podría acompañarla. Él sabía por lo que había pasado, sabía el por qué la habían abandonado, sabía de lo que ella era capaz y sonrió en su último respiro, después de haber hecho una promesa.
Todos los cuentos de hadas tienen un final, incluso Alicia tuvo que abandonar El País de las Maravillas y despertar de su hermoso sueño. Y ella sintió su corazón romperse cuando su abuelo soltó su meñique; apretó el peluche en sus brazos, se encogió sobre sí y, con un alarido, saltó sobre su cuerpo, rogándole que despertara, mientras las lágrimas los empapaban a ambos.
—Abuelo, no me dejes sola. No me abandones. ¡Abuelo, abuelito! ¡Por favor, despierta! ¡Abuelo!
Su voz se rompió a casusa de un nudo en su garganta y las enfermeras llegaron para calmarla. Ahora solo estaba ella y su mundo de fantasía perdió su color.
Mi pequeña muñeca, tu abuelo ha cometido muchos errores en el pasado. ¿Sabes? Las historias que te contaba, en parte estaban formadas por mis propias experiencias. Yo he tenido múltiples historias de amor, he formado parte de muchas familias y no me di cuenta de lo que hice hasta que te conocí. Yo los abandoné. Abandoné a mi familia para alcanzar mi meta y ahora soy odiado.
Mi pequeña muñeca, te pareces tanto a tu abuelo, tanto en apariencia como en personalidad. A tu edad yo tampoco sentía algún estímulo pero, a diferencia de ti, al menos tenía una familia que me protegía.
Mi pequeña muñeca, lo siento, por mi culpa nuestra familia nos odia. ¿Recuerdas la historia sobre ángeles y sirenas?, he engañado a muchas mujeres y dejé que su resentimiento pasara a las generaciones más jóvenes.
Mi pequeña muñeca, sé que estarás bien, eres más fuerte que yo a tu edad. ¿Todavía recuerdas el origen de tus cicatrices?, ¿recuerdas la voz de tu madre o el rostro de tu padre? Probablemente, has dejado de pensar en ellos desde que creamos nuestro propio reino, pero ya es hora de que afrontes la realidad.
Mi pequeña muñeca rota, este anciano se disculpa. Haberte conocido fue lo mejor que me pasó, criarte se sintió como haber obtenido una segunda oportunidad para construir una familia. Eres mi verdadera y única descendencia, por eso he escrito estas palabras para despedirme de la manera más cobarde que se me pudo ocurrir. Eres mi única heredera y espero que no crezcas para convertirte en alguien como este viejo tonto.
Mi nieta, gracias por haber nacido, gracias por haberme dado una segunda oportunidad, por haberme aceptado como tu familia y por haber llorado por mí. Se despide en esta carta tu abuelo, esta vez será un eterno adiós.
Prométeme que estarás bien y te prometo que te buscaré en mi siguiente vida. Nuestro reino tendrá que cerrar sus puertas hasta que volvamos a encontrarnos.
—Viejo, ¿qué has estado haciendo?, ¿cómo han sido tus días? Yo he pasado por muchas cosas, me he vuelto más fuerte. Por eso, te puedo asegurar, si nos volvemos a encontrar, estaré bien en ese momento. Viejo, gracias por haberme dado una nueva vida.
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