Las clases había terminado y regresaba a su casa refugiada bajo su paraguas. Una chica, vestida igual, corrió para alcanzarla y la tomó del hombro, deteniendo sus pasos. Sus ojos expresaron sorpresa al ver a la chica nueva, quien estaba recuperando el aliento, y notó que se estaba mojando, por lo que extendió su mano y le ofreció refugio en silencio. La joven le sonrió y aceptó su invitación; durante la primera cuadra compartieron el paraguas en silencio pero, fue la nueva quien habló primero cuando esperaron para cruzar. 

–Soy Luz, soy nueva. Siempre te veo después de clases, parece que vivimos en el mismo barrio, pero nunca puedo alcanzarte y cuando creo que estoy cerca, desapareces. 

Su sonrisa hacía honor a su nombre, podía sentir que era el tipo de persona extrovertida, alegre y expresiva. La miró con el rostro en blanco, vagó entre sus pensamientos antes de asentir. Tenía el presentimiento de que estaban destinadas a conocerse. Las comisuras de sus labios se elevaron levemente y su cuerpo se relajó. 

–Soy Ángela. 

–¡Sí, lo sé! Me aprendí tu nombre cuando pasaron lista. La verdad me llamó la atención que siempre camináramos en la misma dirección pero nunca nos cruzáramos. Hoy me armé de valor para pedirte que volviéramos juntas. 

Notó que gotas caían sobre el hombro de Luz e inclinó su paraguas un poco más hacia su dirección. Luz pareció avergonzada por su cortesía y se acercó más para que ambas entraran bien bajo el manto carmín. 

–¿Por dónde vivís? 

–¡A dos cuadras de la plaza! Mi familia se mudó hace poco y alquilamos un pequeño departamento. 

–Te acompaño. 

–¡No hace falta! De verdad, no es necesario. Está lloviendo y mi cuadra no está asfaltada, así que embarrarías tus zapatos. 

Habían llegado a la mencionada plaza. Se quedó de pie en su lugar y vio cómo la contraria se seguía alejando un par de pasos sin percatarse de su quietud. 

–Entonces, mañana te espero y vamos juntas a la escuela. 

–¡Dale! ¡Mañana nos juntamos acá y nos vamos juntas!

Asintió en silencio y devolvió el saludo, sacudiendo su mano con una actitud perezosa. Todavía se quedó en su lugar para contemplar la lluvia y suspiró antes de avanzar. El encuentro la había tomado por sorpresa y se dejó llevar por la actitud positiva de su compañera. 

«A veces, la lluvia une lazos y, a veces, los rompe»

Recordó vagamente una frase, pero no supo de dónde la había conocido, solo le llegó a la cabeza. Continuó su camino con la mente ocupada hasta llegar a su casa. 

Mañana sería un nuevo día. 


La Doncella de Plata.



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