Salí
a acampar con dos amigos; los tres vivíamos en la ciudad y ninguno habíamos
tenido la oportunidad de pasar una noche rodeados por la naturaleza, por lo que
fuimos al bosque más cercano, el cual quedaba como a ocho horas de distancia.
Llegamos
para las dos de la tarde al campo abierto y nos aventuramos al interior de las
arboledas; activamos un rastreador en nuestros celulares para poder
localizarnos en caso de que nos alejáramos del campamento o nos separáramos.
Era
alrededor de las cinco cuando encontramos un pequeño lago, donde nos detuvimos
a descansar y decidimos que pasaríamos la noche. Comenzamos a armar nuestras
carpas y, al terminar, guardamos nuestras cosas dentro para disfrutar de un
improvisado picnic. Después, buscamos ramas y pinos secos para nuestra fogata.
No
nos percatamos del tiempo, hasta que anocheció, y nos encontrábamos a una
distancia considerable de nuestro punto establecido, pero para nuestra suerte,
habíamos dejado uno de nuestros dispositivos escondido; grabando y con el
rastreador activado. Teníamos la esperanza de que tal vez pudiéramos apreciar
algún ciervo u otro animalito del bosque que se haya detenido a beber agua o
algo similar. Al revisar nuestro equipo, logramos capturar la ubicación y
emprendimos nuestra caminata para terminar llegando a nuestro destino. Sin
embargo, lo que nos esperaba nos trajo una gran sorpresa; nuestro campamento,
nuestras cosas, nuestro punto de instalación se hallaba destruido. Era extraña
la forma en la que nuestras carpas parecían haber sido atravesadas por las
mismas ramas de los árboles como arañazos desesperados.
Los
tres nos quedamos congelados hasta que interrumpí el incómodo silencio que nos
atravesaba.
–Oigan,
¿por qué no buscamos mi celular y vemos quién fue el culpable de esto?
Empezamos
a buscar el celular para ver qué fue lo que sucedió y, aunque no fue fácil
encontrarlo, uno de mis amigos lo logró. Como ya había oscurecido, decidimos
que lo mejor sería unir los restos de nuestro campamento para crear una nueva
carpa, aunque esta terminara siendo estrecha para tres mochilas y tres
personas. Descubrimos que no nos robaron nada; nuestras mochilas no estaban tan
destrozadas y el celular apenas sobrevivía con el mínimo porcentaje de batería,
pero seguía grabando.
Guardamos
el video y apagamos el dispositivo. Los tres nos metimos a la carpa e
intentamos acomodarnos para dormir, pero fue inútil. Solo nos quedó una larga
noche durmiendo en posiciones incómodas.
En
algún momento, nos quedamos profundamente dormidos, hasta que un ruido
interrumpió mi sueño. Pude ver a una sombra moviéndose en lo que parecía
acercarse a nuestra carpa. Estaba somnoliento y creí que se podría tratar de
algún ciervo molesto, así que tomé una linterna y alumbré a la criatura desde
el interior de la carpa, esta se alejó rápidamente y, después de eso, yo volví
a caer a los brazos de Morfeo.
Al
día siguiente, eran las ocho de la mañana cuando sonó el despertador, nos
levantamos y nos estiramos. Después de desayunar, guardamos las cosas y, tras
asegurarnos de que no dejamos nada atrás, nos fuimos a la estación de tren para
volver a nuestros respectivos hogares. El viaje era bastante largo y escuché a
mis amigos quejarse debido al aburrimiento, no pude evitar contarles que
escuché a un ciervo anoche y lo espanté, pero ellos solo me dieron como
respuesta una mirada escéptica que expresaba entre duda y envidia. Decidí que lo
mejor sería cambiar de tema antes de que alguno de ellos dijera algo y les
hablé sobre el video que teníamos guardado, tras compartir un par de
situaciones imaginarias, habíamos quedado en que lo veríamos juntos.
Cuando
llegamos a nuestro edificio, los invité a pasar a mi departamento, para así
pasar el archivo del celular a mi computadora y abrirlo de ahí, ellos no se
opusieron. Cuando el video por fin terminó de instalarse, lo abrimos y vimos
que al principio no ocurría nada, pero al adelantarlo observamos que algo
bloqueaba la cámara; era como si alguien se hubiera parado en frente.
Lo
seguimos avanzando hasta que la cámara logró enfocar y nos sorprendimos al ver
que esa cosa era una especie de criatura humanoide; tenía filosas garras y sus
manos parecían largas patas, caminaba en cuatro patas pero, podía pararse sobre
dos y estirarse, rasgando y arruinando nuestro campamento. Sus piernas no eran
como las nuestras, sino más bien como la curvatura de las patas de los grillos,
cubiertas por un cuero oscuro que se asemejaba a la piel humana. Su espalda,
encorvada y con las vértebras de su espina dorsal sobresalidas, parecía
deformarse cuando cambiaba su postura de cuadrúpedo a bípedo. Y esos ojos, tan
similares y tan ajenos a la mirada humana, no pude verlos por mucho tiempo
antes de apartar mi vista a otro punto.
Lo
que vimos fue tan aterrador que paramos el video y nos miramos en silencio, sus
caras estaban pálidas y era muy probable que la mía también. Estuvimos en el
mismo sitio que una forma de vida desconocida y ese pensamiento nos heló.
Permanecimos así hasta que uno de ellos se atrevió a hablar primero, apuntando
al monitor.
–Che,
dijiste que escuchaste un ciervo, ¿no?
Ambos
nos quedamos viéndolo y se me hizo un nudo a la garganta al recordar lo cerca
que estuvimos de esa criatura, solo pude responder nervioso mientras volteaba a
ver a la pantalla, interrumpiendo lo que fuera que iba a decir.
–Ya
no quiero hablar de eso.
Después
de esa experiencia, preferimos no volver a acercarnos a ese bosque y eliminamos
el video, pero lo que vimos quedará con nosotros eternamente.
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